La Llegada a Sanctis Prime

—Informe, alférez—ordenó el Comodoro Deacon Sapha del Implacable, el crucero de batalla que era el buque insignia de la flota asignada al reconocimiento de Sanctis Prime.

—Los augures no detectan movimiento en la órbita de planeta, todo tranquilo —respondió el capitán mientras miraba los paneles de datos. Deacon asintió lentamente acarició el brazo de su silla de mando.

—Todas las naves de la Flota, informen, ¿lo ha escuchado, general? Todo tranquilo —habló primero en canal abierto, pero la pregunta dirigida al general Kincaid Koskinen la hizo en privado para él. Aunque consciente de que había alguien más escuchando desde las sombras.

—Un lugar perfecto para una emboscada —respondió desde el comunicador una voz ajada con el ruido de la estática residual de fondo. Mientras las naves iban reportando, un total de siete, el comodoro comprobaba personalmente los informes en su pantalla de datos.

—Estoy de acuerdo, pero le sugiero que vaya preparando sus hombres. Los augures no detectan defensas planetarias activas, estaremos atentos a..

Una alarma empezó a tronar por el puente, las centelleantes reacciones de los oficiales del puente contrastaban con las metódicas y frías de los servidores. Algo iba a emerger de la Disformidad.

—Quizá alguna vez el destino podría sorprenderme quitándome la razón —se quejó el comodoro mientras se volvía secamente hacia el alférez —. ¿Qué tenemos saliendo del infierno, Calistes?

Unos segundos, apenas eso, fue lo que se tardó en tener una respuesta. Demasiado tiempo, pensó el Deacon, pero pudo ver que el joven oficial quería asegurar que daba la información veraz.

—Amigos, señor —respondió desconcertado —. Una barcaza de batalla del Adeptus Astartes —se volvió hacia el comodoro buscando el contacto visual con el oficial —. El Capítulo de los Martillos de Wikia, señor. Nos piden abrir comunicación.

Deacon asintió con extrañeza, como lo hacía todo el mundo, aquella misión rutinaria para la Guardia y la Flota Imperial acababa de volverse un poco más peculiar. ¿Qué hacían los Marines Espaciales en el extremo más alejado del Segmentum Tempestus?

—Soy el capitán Hel Vaal de los Martillos de Wikia. Rindan sus naves y prepárense para ser abordados —la voz profunda e imperativa del Astartes estremeció a todo el puente, llegó a inquietar al comodoro Deacon, pero, hombre curtido como era, encontraba inaceptable ese trato.

—Capitán Vaal. Soy el comodoro Deacon Sapha de la Flota de Reconocimiento Iridia, ¿con qué propósito ordena eso? No tiene autoridad sobre mi ni mis naves —fue todo lo asertivo que pudo, aunque se le comieran los demonios por dentro. No era un hombre que aceptara que nadie ajeno a su flota tomara decisiones sobre esta. Antes morir en batalla que rendición.

—No es una petición, comodoro. Rindan sus naves o serán destruidos por oponerse a los siervos del Emperador. Tiene un minuto —fue la respuesta de Vaal, el comodoro apretó los labios sin disimular la rabia que sentía en ese momento. Pero tomó una decisión, quizá demasiado visceral, o puede que llevado por la intuición de que algo no iba bien en todo aquello.

—Martillos de Wikia. No tienen autoridad sobre mi o mis hombres. No explican sus motivos, por lo que a mi respecta, vuestra acción es una agresión a verdaderos siervos del Emperador —tomó aire buscando calma para sus palabras —. Estoy dispuesto a aceptar un encuentro con usted en mi nave, capitán. Conmigo está el general Kincaid Koskinen y la..

No llegó a decir más. Un servidor interrumpió al comodoro con carácter urgente.

—La barcaza de los Martillos de Wikia ha disparado misiles contra nuestros cruceros ligeros, señor. Nos atacan.

La maldición que soltó Deacon en ese momento pudo haberse juzgado fácilmente como herejía, afortunadamente para ese momento las comunicaciones estaban cerradas y solo su puente la escuchó. Era algo que todos compartían en ese momento, pero nadie se detuvo a corroborarlo, Deacon empezó a ladrar órdenes y a dirigir las naves para defenderse de la barcaza de batalla. Era un combate igualado, aunque estaban sensiblemente en desventaja ante los Astartes, pero el comodoro tenía claro que si era cuestión de morir se iba a llevar por delante a esos presuntuosos Marines Especiales.

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Fuente.

La batalla en la órbita de Sanctis Prime fue desastrosa, más de la mitad de la flota de Deacon fue destruida, no estaban seguros de que los astrópatas habían podido enviar un mensaje de socorro a Bakka antes de recibir un impacto directo de un proyectil en sus motores de Disformidad del Implacable. Pero Deacon devolvió el golpe con uno de los cruceros ligeros condenados por el fuego de la barcaza lanzándola contra esta en una carga suicida, el choque también destrozó los motores de la nave de los Astartes. Ahora ambos estaban atrapados en ese maldito planeta, si es que sobrevivían al embate, los Martillos de Wikia se demostraron superiores en aquella batalla espacial que iban ganando poco a poco. Fue entonces cuando una voz femenina, severa, irrumpió en las comunicaciones generales.

—¡Martillos de Wikia! ¡Soy la inquisidora Ekaterina Irem del Ordo Hereticus! Les ordeno que cesen el fuego de forma inmediata o serán juzgados acorde con sus crímenes contra servidores leales del Imperio —inflexible, fiera, el eco de la voz de la inquisidora se quedó flotando entre el sonido de los cañones. Por un momento parecía que la amenaza no había surtido efecto, pero todo cesó. La maltrecha barcaza de batalla de los Astartes dejó de disparar y se alejó del campo de batalla al otro lado del planeta, atrás dejaba la Flota Expedicionaria Iridia con tres naves funcionando, pero una de ellas a la deriva que debía ser evacuada de inmediato porque estaba siendo atraída por la gravedad del planeta.

—Esto es traición, inquisidora. Una abyecta traición —dijo con aspereza Deacon por el comunicador. No esperaba que Ekaterina respondiera, consciente de que su juicio ciego de ira, podía ser tratado en su contra si la inquisidora lo juzgara así. Para su sorpresa respondió.

—Sea lo que sea. Será juzgado acorde con la gravedad de los actos que han ocurrido hoy. Reúnase conmigo y con el general Koskinen en la Sala de Batalla. Nuestra misión sigue adelante. Hay que bajar al planeta.

Cerrando las comunicaciones, el comodoro bufó frustrado por la respuesta de la inquisidora. ¿La misión seguía adelante? Más de la mitad de su flota había sido destruida, si no actuaba rápido iba a perder otros cincuenta mil hombres.

—Señor. El Lanza de Hydra.. —la voz del alférez Calistes fue cauta, temerosa, consciente del estado de su superior —. Se ha estrellado en el planeta. No hemos podido hacer nada.

Deacon cuajó la mandíbula, pero no hubo estallido de ira. Miró hacia el espacio, hacia los restos de la batalla y su flota. No era psíquico, el Emperador lo guardara de esa mutación, pero vislumbraba que ese planeta iba a ser la tumba de muchos más.

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