Hijo de Galilea – Cuarta Parte

Connecticut, hace 7 años

Apenas quedaba media hora para el amanecer, un viento frío se había arrebujado en la orilla del río por donde Kane había rastreado a Rider y sus hombres. Tampoco es que hubiera sido una tarea complicada, las risas de la loca líder de los pandilleros se podía escuchar a lo lejos, las pisadas sobre el barro eran otro indicio, estaban muy confiados en que nadie iría a su cubil. No les faltaba razón. La noche empezaba a clarear, pero era lo suficientemente oscura como para cubrir su avance hasta que llegó a lo que creía que era el perímetro del campamento de Rider. Kane había esperado paciente hasta que acabaran todos dormidos tras su juerga, agazapado junto a las raíces de un árbol muerto mientras los escuchaba beber, reír y follar. Durante ese tiempo pudo contar que había hasta siete miembros, contando a Rider, en el grupo.

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Era una decisión temeraria, pero los efluvios del alcohol aun le cercaban, la claridad había pasado a segundo plano mientras la necesidad de hacer algo bullía en su interior. Cuando finalmente se decidió, avanzó por detrás de una de las chozas de chatarra del campamento, los ronquidos cubrían cualquier avance ruidoso que pudiera hacer, de esa guisa sorprendió a uno de ellos que había salido a mear.

Kane le cogió por la espalda, del cuello y lo arrastró hacia atrás apretando para evitar que diera la alarma. Pero todo intento por hacerlo silencioso se fue al traste, el pistolero tropezó con un tabique de cemento que le hizo perder el equilibrio liberando al pandillero de la presa.

¡Hijo de puta! —gritó, no era una alarma, pero graznó tan sonoramente como si lo hubiera hecho. El tipo intentó embestir a Kane mientras recuperaba la posición, pero el pistolero pudo esquivarlo justo a tiempo para que la cabeza del pandillero chocara contra la chatarra de la choza. El estruendo consiguiente no le dejó lugar a dudas de que si alguien quedaba dormido en el campamento, se habría despertado.

Aprovechando el aturdimiento del pandillero, Kane cogió el tabique que le había hecho tropezar y lo incrustó en la cabeza del matón reventándole la cabeza. Esta se abrió como un melón regando la pared y la ropa de Kane, que jadeaba tras el esfuerzo, pero no tenía tiempo para descansar. Todo el plan de subterfugio se había ido a la mierda.

Del interior de la choza salió otro matón alertado, con las legañas aun en los ojos, y tres más se pusieron en pie que habían estado durmiendo al raso alrededor de la hoguera central.

¡Ha matado a Vinnie! ¡Maldit..! —no dejó tiempo al recién aparecido acabar la frase, Kane le lanzó el tabique contra el pecho en un ejercicio de pura fuerza bruta que casi se rompió los tendones del sobreesfuerzo, no lo había matado, pero quedaría derribado un buen rato. Ahora el problema llegaba en forma de tres de ellos que se lanzaban a por él, las cosas se complicaban para el pistolero.

Kane fue a desenfundar su revolver, pero ahora fue él el sorprendido, otro tipo que había salido dentro de la choza le soltó un puñetazo que lo hizo tambalear de lado y el revolver cayó al suelo. El siguiente golpe fue un bate de beisbol de madera que se encajó en su estómago, Kane se dobló ante las burlas de los cuatro matones que ya le cercaban.

Mira, es el borracho del bar de Jeannine.. un puto héroe —dijo otro que le soltaba un puñetazo en la cara, Kane giró la cara con lo que sentía que le saldría un feo cardenal en el ojo. El pistolero le miró desafiante con una sonrisa provocadora en los labios, los pandilleros se reían, tras ellos veía aparecer a Rider, sentía el halo del fracaso sobre él —. Verás cómo te hago sonreír ahora, hijo de puta..

Sacó esa navaja oxidada con la que le había amenazado en el bar, uno de los matones lo cogió de los brazos inmovilizándole para que el primero dibujara la nueva sonrisa con el arma. Kane se resistió, pero la presa era férrea, solo podía ver como inexorablemente se acercaba la hoja de la navaja a su cara. Pero la voz de Rider se impuso sobre sus matones.

¿Qué coño pasa, aquí? —la voz de Rider paralizó la demente cirugía del pandillero de la navaja, los demás abrieron paso a su jefa que se acercó a Kane que seguía forcejeando. Rider echó una ojeada a los dos caídos con desdén, volvió pronto su atención al pistolero con una sonrisa maníaca —. ¿Un puto valiente? ¿Un tío con huevos?

Kane siguió forcejeando sin decir nada, pero Rider aplaudió entusiasta e hizo un gesto con la cabeza a uno de los matones que salió a buscar algo.

¿No respondes, valiente? ¡Joder! Si hasta estás bueno y todo, un buen polvo te metería, ya lo creo que sí.. lástima que.. —tendió la mano a la nada, pronto le pusieron un machete en la mano, Rider acercó la cabeza a Kane con esa sonrisa de psicópata —. ..pronto te vayas a quedar sin huevos.. ¿eh?

Las hienas volvieron a reír, lo suficiente para que bajaran un tanto las fuerzas de su presa y propinara un cabezazo a su líder reventándole la nariz. Kane la miró con una sonrisa sarcástica, con la frente ensangrentada, dándole a la muerte la mejor de la sonrisas.

Cabrón.. mi cara.. mi puta cara, ¿lo veis? ¿lo veis? ¡Mamón!

Quizá fue la adrenalina, la confianza de los matones, el entrenamiento de su mentor o el Destino que había movido sus hilos, pero Kane hizo un potente tirón hacia abajo cuando veía que el machete de Rider iba a abrirle la cabeza. Pero la testa que encontró fue la del matón que lo inmovilizaba. La sangre salpicó todos los presentes, la presa cedió y Kane se coló rodando entre los matones a por su revolver. Al dar la voltereta notó que tenía una costilla rota con toda probabilidad, pero ignoró el dolor y exigió aun más de su cuerpo, y su cuerpo se lo dio.

Antes de que ninguno de los presentes reaccionara, una velocidad sobrehumana envolvió las acciones de Kane. Cogió el revólver y descerrajó tres disparos consecutivos que acertaron a los tres matones restantes, con el mismo impulso se puso en pie apuntando a Rider, pero la psicópata ya había echado mano de su pistola apuntando a Kane. Ambos se cruzaron miradas.

¿Otra apuesta, valiente? ¿¡Otra!? —gruñó Rider menos burlona que en el bar, ambos se miraron a los ojos sabiendo que aquello iba a terminar en pocos segundos. El pistolero se concentró sosteniendo la mirada a la pandillera, la tensión se mascaba, aunque Rider le miró extrañada —. ¿Qué murmuras, hijo de puta?

Aunque camine por el valle de las sombras de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo, Señor.

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¿El Destino? Puede. Justo en ese momento el sol salía de su letargo anunciando el nuevo día, los rayos cegaron por un instante a Rider, ambos dispararon a la vez. Ella temiendo perder su ventaja. Él respondiendo al disparo. La bala de la pandillera atravesó el brazo de Kane limpiamente, pero la bala del pistolero reventó el cráneo de Rider. Kane fue consciente que de no ser por la ceguera momentánea del amanecer el destino de la bala hubiera sido muy distinto, el pistolero cayó al suelo de culo con los ojos abiertos, ignorando el dolor de la herida que acababa de recibir.

 

Gritó de tensión, de furia, de agonía, de vergüenza, de felicidad. Toda la contención hasta ese momento estallaba de dentro hacia fuera como un torrente imparable, miró los cuerpos que lo rodeaban, la agonía de los que aun quedaban vivos y su propio estado lamentable. Era la primera vez que mataba de ese modo, se arrastró hasta el machete de Rider y lo cogió, se puso en pie tomando una perspectiva superior del campamento.

Porque el Señor ama la justicia, y no abandona a quienes le son fieles. El Señor los protegerá para siempre, pero acabará con la descendencia de los malvados.

Debía atender sus heridas, el pueblo no quedaba lejos, se arrastró por las chabolas y recogió cuantas cosas creyó que pertenecieran a la gente a quien habían estado robando. El pecho le dolía, el estómago le dolía, el brazo le dolía, pero miró al cielo amaneciendo. Apretó los labios, lloró en silencio y volvió paso hacia el pueblo.

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