Hijo de Galilea – Tercera Parte

Connecticut, hace 7 años

Los días se sucedían en una concatenación gris que iba marchitando la esperanza de Kane. No importaba cuantos rumores persiguiera, no importaba cuantos contactos sonsacara, el vacío y la desinformación reinaban en un sendero que por momentos sentía que no le llevaba a ninguna parte. Pero en esa oscuridad acerca del destino de quien seguía buscando se le añadió otra, una más densa y palpable, que iba emponzoñando su alma lenta e inexorablemente.

Los abusos, los asesinatos, los robos, las coacciones, la violencia, un mundo enfermo huérfano de la justicia en la que una vez tanto creyó. La obsesión de Kane por encontrar lo único que le quedaba le habían cegado, el recuerdo del granjero apaleado, de su familia y hogar en llamas, y la duda, ¿y si hubiera intervenido? ¿hubiera cambiado algo?

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Fuente.

¿Cuánto tiempo lleva ahí? —murmuró uno de los parroquianos a la barman de un pequeño local de un enclave perdido de Connecticut. La mujer, de treinta y pocos, con el rostro amartillado por una viruela, movió la cabeza dubitativa.

Tres días. Ha bebido, ha dormido, pero está pagando y no monta follones. Me vale que sea así —repuso la mujer mientras recibía la mirada perpleja del cliente, un instante después las puertas se abrían dando paso a una pequeña camarilla de tipos con aspecto de pandilleros, los miró de soslayo ante de seguir hablando —. Vino buscando a alguien, pero ya ves que pinta tiene, no creo que haya encontrado a nadie..

¡Jeannine! ¡Cuanto tiempo! ¿Cómo va por el barrio? —preguntó una entusiasta mujer algo más joven que la barman, tañida a cicatrices y piercings. La aludida apretó los dientes.

Como siempre, Rider, ¿qué narices quieres? —le respondió combativa, la pandillera rió divertida al unísono con sus hasta cuatro lacayos. Alzó las manos.

Tranquila, Jeannine. Solo he venido a ver una vieja amiga, no tengas esos humos —sonrió como un tiburón. Jeannine recordaba bien como había acabado la última visita de Rider y sus hombres. Un par de muertos, medio local destrozado, un precio pequeño para echarlos de ahí, pero molesto para la dueña del local.

Lárgate tú y llévate a tus perros de mi bar —ni corta ni perezosa sacó una escopeta de debajo de la barra, la amartilló, Kane escuchó ese sonido, no estaba cargada, pero no se movió de su apatía en el rincón más profundo del bar. Jeannine apuntó a Rider —. Largo, zorra. Créeme que no me importará limpiar tus putas vísceras de aquí si hace falta.

La pandillera miró fijamente a Jeannine, como si aquello fuera una gran broma, echó a reír maníaca y ella misma desenfundó una pistola con la que apuntó a la barman.

No has tenido que hacer eso, Jeannine. No, no. Un pajarito me dijo que el otro día tuviste problemas con los chicos de Bart, y el pajarito me dijo que esa preciosa escopeta que tienes ahí.. gastaste tus últimos cartuchos en sacártelos de encima —profirió una sonrisa malévola, confiada, apuntaba a la cabeza de Jeannine.

¿Quieres apostar? —la barman apretó los dientes, pero mantuvo la fachada mirando a los ojos de Rider.

Kane había abandonado parte de su letargo al percibir armas en la escena, uno de los pandilleros se había acercado a él para tantearle. El penoso estado del pistolero no le convertía en una amenaza, por lo que por el momento le ignoraron, a Kane le dolía horrores la cabeza. En la barra las apuestas subían, las dos mujeres se miraban la una a la otra con ferocidad, pero el farol de Jeannine no había funcionado.

Apostar es lo que hace divertido esto, ¿no crees? —todo sucedió rápido, el disparo de la pistola de Rider tronó por la estancia, pero lo mismo hizo la escopeta de Jeannine. Un último cartucho guardado en la recámara del arma de la barman estalló expulsando su contenido, pero erró el tiró. La bala de Rider atravesó el cráneo de Jeannine provocando que la trayectoria del arma de la dueña del local se desviara peinando el cráneo de la pandillera y estrellándose contra el techo. Rider empezó a reír histérica —¿¡Lo ves!? ¿¡Lo ves, zorra estúpida!? 

Rider se subió a la barra y empezó a recoger sus ganancias, los pandilleros reaccionaron como un resorte a la victoria de su jefa. La paralización general de la parroquia local, que contemplaba con estupor y horror el desenlace, no mejoró, ateridos por las amenazas de los pandilleros que empezaban a vaciarles los bolsillos. Era una escena penosa, en pie en la barra la demente líder pandillera celebrara su victoria mientras sus lacayos desvalijaban a todos los presentes, apalizaban los que se resistían y se reían de los que se meaban de miedo.

Eh, tú, borracho de mierda, ¿no me oyes? —llamó uno de ellos a Kane, impactado por lo que acababa de ver —. Dame todo lo que tengas, o te rajo, gilipollas.

Kane alzó la mirada hacia el pandillero que lo amenazaba, la cabeza le aullaba de dolor y los efectos del alcohol aun volaban sobre su mirada. Pudo ver a un tipo no mucho más grande que él esgrimiendo torpemente una navaja oxidada, Kane se preguntó como unos tipos tan patéticos eran capaces de poner en jaque a tanta gente. Pero era una pregunta estéril, el pistolero echó mano de su bolsa y vació su escaso contenido sobre la mesa.

El tipo no pareció molestarse en cachear a Kane, con el mísero trofeo y haberse pavoneado delante de él parecía suficiente botín para él. Se reunió con el resto mientras escuchaba una cacofonía lejana, una pelea y el sonido de otro disparo acompañado de risas de hiena. Cuando regresó el silencio, solo se escuchaban los sollozos de una mujer, las hienas se habían marchado. El pistolero se puso en pie tambaleante, se arrastró por el local hasta contemplar la dantesca escena. La mancha de los sesos de Jeannine en la pared, un par de muertos en el suelo, otro agonizando con una mujer tratando de salvarle.

Ayuda.. ayuda.. por favor.. —suplicó la mujer mirando a Kane que apenas se tenía en pie, el pistolero, a pesar de su estado, sabía la implacable verdad de esa herida en el cuello.

Déjalo.. no puedes hacer nada por él —negó con la cabeza, la mujer entonces pudo fijarse en el revólver de Kane, ahora visible al levantarse, y algo en ella prendió en llamas.

¡Estabas armado! ¿Por qué no hiciste nada! —le recriminó a Kane con los ojos teñidos de furia y dolor.

No era asunto mío, ¿entiendes? —cuajó la mandíbula, se acercó tambaleante hasta una mesa y tomó una botella con licor destilado del local —. No era mi jodido asunto…

La mujer se levantó furiosa, empujó a Kane presa de la histeria y la impotencia, el pistolero no se resistió.

¿No era asunto tuyo? ¿No lo era? ¡Nuestro pueblo te abrió las puertas! —empujón tras empujón, la fuerza de la mujer se iba desvaneciendo. Kane callaba, sabía que en el fondo la mujer tenía razón, una gota más en un vaso de vergüenza cuyo borde no atisbaba a ver.

¿Qué haré yo ahora? Mi marido está muerto.. yo.. —se llevó la mano al vientre, para Kane no hubo necesidad de ninguna palabra más para comprender aquel gesto —. No sé que haré ahora.. ya no hay justicia en este mundo…

Algo había impresionado a Kane, quizá aquel gesto natural y temeroso de la mujer. Un resorte lejano cuyo eco se hizo cada vez más grande en su cabeza hasta golpearle la sien. El pistolero echó el licor al suelo con los ojos hundidos, rehuyó los ojos de la mujer y se puso en pie. Apenas un hilo de voz surgió de sus labios.

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Fuente.

No la hay.. —murmuró poniéndose en pie y contemplando la horrible estampa del bar, las miradas acusadoras de todos los que ahí quedaban vivos —.. pero siempre nos queda otra cosa.. cuida de tu hijo, que no te lo arrebaten, es lo único que te quedará de tu marido..

Kane intentaba mantenerse en pie, pero la fuerza del alcohol y el dolor rampante de su cabeza le impedían mantener una firmeza en el camino. Salió del bar sin tener claro que iba a hacer ni hacia donde ir, desenfundó su revolver y lo miró con los ojos encogidos, a punto del llanto.

Cuando decidas luchar por un ideal, procura ser digno del arma que empuñas.

Kane comprobó la munición, bala por bala, tragó saliva asumiendo lo que iba a hacer. Pero una voz en su cabeza se fue haciendo cada vez más insistente. Porque ahora sí era asunto suyo.

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