Mi brillo en la oscuridad

—¿Seguro que es por aquí? —insistió un quejumbroso Astenos, mientras esquivaba una tubería oxidada —. Creo que vivís demasiado lejos del poblado, la subcolmena no es un lugar seguro, deberías estar con los demás. No debisteis marcharos del poblado.

Los pasos de Astenos y Farbus eran silenciosos a pesar de la insistencia del suelo metálico de aquella sección profunda de la subcolmena de la Colmena Primus de Necromunda. El descubrimiento de una nueva sección perdida había espoleado a numerosos colonos a establecerse en ella por decreto de Lord Helmawr, una iniciativa que había forzado a miles de desgraciados a ser trasladados para buscar una ​nueva vida. Si es que aquella posibilidad era real en las inmisericordes profundidades de la colmena.

—No debes temer, amigo. En el poblado no estábamos seguros. La conjura, la envidia, el odio y la sinrazón nos hubieran arrebatado lo que más queríamos —aseguró Farbus con convicción.

Las voces de ambos hombres se perdían en la negrura sempiterna que los rodeaba. Apenas unos dispersos focos agónicos abrían un camino entre tinieblas, por lo que solo podían confiar en las linternas fijadas a petos de trabajo. Pero aquel efecto que cortaba la oscuridad provocaba que ésta se volviera más densa a su alrededor. Y claro, uno no puede estar del todo seguro que se encuentra solo en la subcolmena.

—¡Claro que temo, maldita sea! Dejas preñada a mi hermana y de repente os marcháis a otro asentamiento. ¡Por el Divino Emperador! —alzó un poco la voz que se proyectó por las entrañas de metal de la Colmena, el efecto amedrentó al propio Astenos temiendo que aquello hubiera atraído atenciones indeseadas. Quizá lo hizo, pues se escuchó un lejano chasquido de bestia que se arrastró desde la lejanía, en la oscuridad.

—Sólo nos alejamos para estar seguros, Astenos. Los Cawdor rondaban la zona, temíamos que nos robaran a nuestro bebé, tu sobrino. ¿Querías eso, Astenos? ¿Que esos locos secuestraran a nuestro pequeño? —la entonación de Farbus se volvió defensiva, alterada al imaginar que su pequeño fuera presa de los fanáticos Redencionistas que proliferaban en la zona.

Astenos suspiró admitiendo que su cuñado no le faltaba la razón, pero aun así aquel viaje por las entrañas de la subcolmena le estaba poniendo nervioso. Los ruidos lejanos y cercanos alimentaban su paranoia, sentía por momentos que alguien, algo, les observaba. Pero antes que enarbolara su enésima queja emergieron de la tiniebla un camino de linternas fluorescentes amarillas que parecían marcar un camino. Farbus sonrió, satisfecho.

—Ya estamos cerca, el hogar —dijo acelerando el paso animando a Astenos a seguirle el ritmo.

El asentamiento donde vivían su cuñado y su hermana no se distinguía de otros que hubiera visitado anteriormente, pero poseía un encanto hogareño ya que aquellas linternas de luz amarilla decoraban paredes y tejados de chabolas, otorgando al poblado cierta personalidad propia. Pero la bienvenida que daba sus edificios contrastaba con las miradas de suspicacia de sus locales, Astenos se sentía analizado y los pocos transeúntes con los que se cruzaba apartaban la mirada o se movían rápido evitando un prolongado contacto con el recién llegado. Estaba seguro de que, de no ir acompañado por Farbus, no sería bien recibido allí.

—Perdona su actitud. No están acostumbrada a las visitas. La gente de fuera no entiende, pero serás bien recibido aquí. Eres de la familia —aseguró su cuñado, con devoción y una sonrisa feliz, aunque Astenos sintió un inexplicable escalofrío cuando escuchó ésto.

De nuevo unos pasos más, más gente esquiva, alguna ataviada con túnicas amarillas y sospechosos bultos debajo de ellas. Pasar junto a éstos le ponía los vellos de punta, pero no más que la sensación de haber visto ​algo arrastrarse por los confines oscuros del poblado que achacó a la imaginación.

El omnipresente fulgor amarillo que bañaba el asentamiento se hacía a cada vez más presente en ropas de la gente y las telas que decoraban sus callejas a medida que se adentraban en él. Las miradas se volvían cada vez más hostiles, peligrosas, Astenos se iba encogiendo a la par que Farbus parecía sentirse cada vez más a gusto. Tras girar una esquina se acercaron a una casa hecha de restos de chatarra. Una más de tantas, decorada por la luz de las linternas y una suerte de sábana amarilla que cubría una de las paredes. Delante de la puerta había dos ensotanados de tela amarilla y petos oscuros, grandes y encorvados, de cráneos alargados. Mutantes. Uno de ellos sostenía un estandarte de tela negra con una especie de gusano en círculo en el centro, del mismo color de las túnicas.

—¡Mira, Astenos! ¡El sacerdote nos ha honrado con su presencia! ¡Debemos sentirnos afortunados! —anunció ufano Farbus, dándole una palmada en el hombro con ánimo.

¿Un sacerdote? ¿En qué clase de secta enfermiza se ha metido mi hermana y mi cuñado? Las palabras de alerta volaban en la mente de Astenos, pero estaba paralizado por el terror creciente que crecía dentro de él. Los custodios de la puerta le miraron con agresividad, pero no se movieron un ápice de su posición, Astenos cruzó deprisa el umbral junto a su cuñado a pesar de que lo que más deseaba era huir de aquel lugar manchado por la mutación y la herejía.

—¡Alizia! ¡Traigo a tu hermano conmigo! ¡La familia vuelve a unirse! —proclamó Farbus con júbilo, Astenos estaba pálido.

Dentro estaba Alizia, tan hermosa como le permitían las duras condiciones del submundo de Necromunda. Si hubiera nacido unos niveles más arriba habría tenido la fortuna de caer en gracia de algún miembro de la Aguja y llevado con él. Pero no fue así, Alizia había sido castigada como tantos otros por la inclemencia de las necesidades imperiales erosionando su belleza.

—¡Astenos! —la mujer se lanzó a los brazos de su hermano, cercándolo en un cariñoso abrazo —. Estoy tan contenta que hayas podido venir. Ven, quiero que conozcas al sacerdote, está bendiciendo a nuestro pequeño Jalicanus.

Ver a su hermana bien alivió los temores de Astenos, pero la presencia de los guardianes deformados de la puerta, aquel sacerdote misterioso… El poblado era un nido de escoria mutante, ¿qué hacían su hermana y su cuñado en un lugar así? Ellos no tenían nada que ver con eso, eran normales, fieles y devotos siervos del Emperador de la Humanidad. El primer impulso de Astenos fue el de llevarse a su hermana de aquel sitio junto a su sobrino, pero el instinto de supervivencia lo contuvo, ¿cómo iba a poder escapar de aquel lugar?

—Hermano, te presento al sacerdote Sicarion el Iluminado, la Luz que Guía en la Oscuridad —de inmediato Alizia y Farbus se arrodillaron ante la presencia del sacerdote. Una sumisión profunda y automática que le recordaba a la misma que cualquier persona de bien dirigiría a los inapelables sacerdotes de la Eclesiarquía.

Sicarion apareció del umbral de una puerta de la casa, llevaba una túnica pulcra de un amarillo luminiscente que irradiaba por toda la estancia en penumbra. Este miró a Astenos con dureza y una frialdad inhumana, su voz era como el eco malévolo que susurra en las pesadillas más horribles.

—Bienvenido, hijo del desamparo, a nuestra acogedora comunidad. La Luz del Gran Gusano Luminiscente te acoge a través de mi, te abraza sabiendo que ya no tienes nada que temer —tendió la mano hacia Astenos que, inmóvil, no se atrevía a reaccionar y la colocó sobre su frente —. Has estado solo todo este tiempo. Prisionero de una fe vacía y sorda, adorando un dios que jamás has visto y jamás verás. Pero hay dioses, hijo del desamparo. Dioses en las estrellas que nos observan y envían a sus mensajeros con nosotros.

La locura de las afirmaciones de Sicarion puso tenso a Astenos, aquel delirio herético del que habían sido presa su hermana, su cuñado.. su familia socavó la voluntad del hombre de un modo aterrador. E incluso entonces, consciente de las repulsivas afirmaciones del sacerdote herético sobre el Dios Emperador, Astenos no pudo hacer otra cosa que aceptar la inefable verdad que éstas vertían en su mente. La mano de Sicarion se deslizó hacia la espalda de Astenos, invitándolo a dar unos pocos pasos mientras un nuevo sonido se unía a aquella abominable recepción: el de un demencial llanto de infante mezclado con los rugidos de una bestia horrible.

—Bienvenido a la familia, nuevo hijo del Gusano Luminiscente.

Los chillidos horrendos del infante mutante de tres brazos, piel azulada y cráneo alargado teñían la sala contigua del horror que provenía de más allá del espacio y la razón. Astenos empezó a llorar y a gritar histérico ante la visión de lo que era su sobrino, acogido con cariño maternal por su hermana ante la mirada orgullosa de su cuñado. Alizia miró a Astenos con una sonrisa radiante, y tendió a su vástago alienígena con rasgos perturbadoramente humanos a su horrorizado tío.

—Te presento a Jalicanus, mi brillo en la oscuridad.

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Enmarcado dentro del universo de Warhammer 40.000, es un relato de trasfondo de mi banda de pandilleros del juego Necromunda Underhive, el culto genestealer de los Hijos del Gusano Luminiscente que, en breve, también alzarán armas contra las autoridades imperiales.

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